- Vie Feb 12, 2010 1:34 am
#165188
¿Por qué nos seguimos engañando pensando que el mañana será mejor que el hoy?
Porque no aceptamos la realidad, negamos que tenemos que aprender a vivir con el dolor, ya sea por nuestro mal o por tantos millones de males que hay en este mundo.
A nosotros nos ha tocado este, la condena a vernos cada día más feos, muriendo lentamente el respeto y la estima a nosotros mismos.
Desde los 7 años ya tenía entradas y tenía que soportar las primeras burlas de conocidos y desconocidos, el desprecio irracional de otros niños... Con algunos años más, empezaba a sufrir porque las chicas de mi edad no me encontraban guapo por mi falta de pelo.
Pronto empecé a automarginarme y sufrir en soledad ese sentimiento de inferioridad y culpabilidad que he arrastrado siempre, porque en este mundo resulta indigno ser feo, aunque hayamos sido condenados antes de nacer, nos hacen responsables de los defectos que no hemos elegido.
¿Cómo hubiera sido mi vida sin este problema?
Seguro que muchos de vosotros os lo habéis preguntado mil veces, yo estoy seguro que mis problemas psicológicos jamás me habrían oscurecido tanto de haber nacido sin esta dificultad; nada habría sido igual.
Los dolores se pueden soportar, porque normalmente no duran demasiado. Si duran demasiado, nos acostumbramos, por lo que no suelen ser intensos y si son intensos, suelen durar poco porque no los soportamos y acabamos muriendo o matándonos.
Pero el dolor no es lo peor, todavía es peor la esperanza. Si un buen día nos quedáramos inesperadamente sin todo el cabello, sin solución posible, pues no nos quedaría más remedio que aprender a vivir así, aceptar de una vez por todas nuestra condición.
El problema es que seguimos teniendo fe en que los demás no se den cuenta, en peinarnos de tal modo que no se vea lo que somos, en disimular lo indisimulable. Esperamos esa solución definitiva al alcance de nuestro bolsillo, castigamos nuestro cuerpo con pastillas y lociones, arriesgando nuestra salud si es necesario por un poco más de tiempo y escasísimos resultados, que hay que verlos como enormes.
Somos maestros del engaño, no paramos de engañarnos, formamos una imagen irreal de nosotros mismos, porque no soportamos la verdadera realidad. Nos imaginamos con pelo, no calvos como una bombilla, creemos que ese es nuestro verdadero rostro para poder querernos y respetarnos, nos enfadamos cuando no nos vemos así, porque llegamos a creer nuestras mentiras.
Confieso que no hay día que pase que no me mire al espejo y piense en ello, para retocarme desesperadamente y ocultar esa vergüenza terrible que me atormenta. No quiero salir de casa, pero como es inevitable, lo hago armado con un peine siempre en el bolsillo, mirando mi reflejo en las lunas de los coches, escondiéndome en cualquier lavabo para comprobar si hay clareos, temiendo cualquier viento, lluvia o persona dispuesta a tocarme el pelo, dejando al descubierto mi fealdad y mi enorme debilidad para afrontarla como real.
Cada día que pasa es peor que el infierno, porque en el infierno al menos te acostumbras al calor y el castigo eterno, sabes que no hay esperanza de perdón, pero en cambio yo no termino de arder nunca, veo grietas entre el magma y el fuego por donde se escapan los deseos de felicidad, de que podría ser diferente todo lo que vivo, podría quererme.
¿Por qué me afecta así? ¿Soy culpable de que me afecte?
Además del tormento de las burlas y chistes que se repiten como ecos en mi mente, tengo que asumir el ser culpable de no aceptar mi condición de inferioridad, por lo que soy doblemente indigno, por ser feo y por no querer mostrarme como soy.
He logrado superar todos mis defectos físicos, me he machacado lo que no está escrito ni por escribir, pero de nada sirve si lo principal me falla, mi mente y mi cara. No os imagináis lo que cambia la cara de una persona tener buen pelo, realmente es increíble como únicamente el peinado me hace guapo en una foto o horrible en otra.
Algunos insisten en que a los demás no les importa que sea calvo, pero el problema es que a mí sí me importa, no me puedo querer viéndome así, después de haber luchado tanto por verme bien, tantísimo esfuerzo por hacer mí una persona digna de respeto y amor ¿Todo para qué?
Al mismo tiempo, confieso que soy débil para aceptarme y para quitarme la vida, quizás demasiado sensible, quizás demasiado permeable para vivir en este mundo, no he nacido con la fortaleza de quienes dicen que en absoluto les afecta y disfrutan de una vida normal.
¿Qué me queda entonces?
La desesperación y el morir de cada día, dejar que la rutina me lleve sin pensar demasiado en lo absurdo de esta esperanza inútil, ocupándome de tanto trabajo que no tenga ni un momento para pensar, para reflexionar sobre del dolor y el sinsentido de todo lo que ocurre en mi vida.
Porque no aceptamos la realidad, negamos que tenemos que aprender a vivir con el dolor, ya sea por nuestro mal o por tantos millones de males que hay en este mundo.
A nosotros nos ha tocado este, la condena a vernos cada día más feos, muriendo lentamente el respeto y la estima a nosotros mismos.
Desde los 7 años ya tenía entradas y tenía que soportar las primeras burlas de conocidos y desconocidos, el desprecio irracional de otros niños... Con algunos años más, empezaba a sufrir porque las chicas de mi edad no me encontraban guapo por mi falta de pelo.
Pronto empecé a automarginarme y sufrir en soledad ese sentimiento de inferioridad y culpabilidad que he arrastrado siempre, porque en este mundo resulta indigno ser feo, aunque hayamos sido condenados antes de nacer, nos hacen responsables de los defectos que no hemos elegido.
¿Cómo hubiera sido mi vida sin este problema?
Seguro que muchos de vosotros os lo habéis preguntado mil veces, yo estoy seguro que mis problemas psicológicos jamás me habrían oscurecido tanto de haber nacido sin esta dificultad; nada habría sido igual.
Los dolores se pueden soportar, porque normalmente no duran demasiado. Si duran demasiado, nos acostumbramos, por lo que no suelen ser intensos y si son intensos, suelen durar poco porque no los soportamos y acabamos muriendo o matándonos.
Pero el dolor no es lo peor, todavía es peor la esperanza. Si un buen día nos quedáramos inesperadamente sin todo el cabello, sin solución posible, pues no nos quedaría más remedio que aprender a vivir así, aceptar de una vez por todas nuestra condición.
El problema es que seguimos teniendo fe en que los demás no se den cuenta, en peinarnos de tal modo que no se vea lo que somos, en disimular lo indisimulable. Esperamos esa solución definitiva al alcance de nuestro bolsillo, castigamos nuestro cuerpo con pastillas y lociones, arriesgando nuestra salud si es necesario por un poco más de tiempo y escasísimos resultados, que hay que verlos como enormes.
Somos maestros del engaño, no paramos de engañarnos, formamos una imagen irreal de nosotros mismos, porque no soportamos la verdadera realidad. Nos imaginamos con pelo, no calvos como una bombilla, creemos que ese es nuestro verdadero rostro para poder querernos y respetarnos, nos enfadamos cuando no nos vemos así, porque llegamos a creer nuestras mentiras.
Confieso que no hay día que pase que no me mire al espejo y piense en ello, para retocarme desesperadamente y ocultar esa vergüenza terrible que me atormenta. No quiero salir de casa, pero como es inevitable, lo hago armado con un peine siempre en el bolsillo, mirando mi reflejo en las lunas de los coches, escondiéndome en cualquier lavabo para comprobar si hay clareos, temiendo cualquier viento, lluvia o persona dispuesta a tocarme el pelo, dejando al descubierto mi fealdad y mi enorme debilidad para afrontarla como real.
Cada día que pasa es peor que el infierno, porque en el infierno al menos te acostumbras al calor y el castigo eterno, sabes que no hay esperanza de perdón, pero en cambio yo no termino de arder nunca, veo grietas entre el magma y el fuego por donde se escapan los deseos de felicidad, de que podría ser diferente todo lo que vivo, podría quererme.
¿Por qué me afecta así? ¿Soy culpable de que me afecte?
Además del tormento de las burlas y chistes que se repiten como ecos en mi mente, tengo que asumir el ser culpable de no aceptar mi condición de inferioridad, por lo que soy doblemente indigno, por ser feo y por no querer mostrarme como soy.
He logrado superar todos mis defectos físicos, me he machacado lo que no está escrito ni por escribir, pero de nada sirve si lo principal me falla, mi mente y mi cara. No os imagináis lo que cambia la cara de una persona tener buen pelo, realmente es increíble como únicamente el peinado me hace guapo en una foto o horrible en otra.
Algunos insisten en que a los demás no les importa que sea calvo, pero el problema es que a mí sí me importa, no me puedo querer viéndome así, después de haber luchado tanto por verme bien, tantísimo esfuerzo por hacer mí una persona digna de respeto y amor ¿Todo para qué?
Al mismo tiempo, confieso que soy débil para aceptarme y para quitarme la vida, quizás demasiado sensible, quizás demasiado permeable para vivir en este mundo, no he nacido con la fortaleza de quienes dicen que en absoluto les afecta y disfrutan de una vida normal.
¿Qué me queda entonces?
La desesperación y el morir de cada día, dejar que la rutina me lleve sin pensar demasiado en lo absurdo de esta esperanza inútil, ocupándome de tanto trabajo que no tenga ni un momento para pensar, para reflexionar sobre del dolor y el sinsentido de todo lo que ocurre en mi vida.


