- Mié Jul 21, 2010 10:10 am
#187273
Saludos muchach@s. Éste, mi primer comentario, no pretende ser un mero mensaje positivo ni tampoco una llamada a la desazón. Simplemente es mi particular puñetazo en la mesa, una especie de "que te jodan" a plena voz en la cara de la vida. Un desahogo, sin ir más lejos.
Tengo 27 tacos. Hace algo más de año y medio me sorprendió (no se me ocurre una expresión más acertada) la alopecia. No en plan heavy, pero, sí, me sorprendió. Un buen día salí de la ducha, después de lavar debidamente mi escultural cuerpo (Nota del editor: evidente exageración del autor, jeje), y al posar mis ojos en el espejo me quedé pillado. ¿Quéeeeeee coño es éso? Me quedé sumido en un estado de shock, lo reconozco. ¿Cómo era posible que no me hubiera dado cuenta de un proceso así? Y eso que siempre he llevado el pelo cortito. Sin duda mi vida hasta el momento había sido tan "normal" que ni tan siquiera en mis pesadillas más etílicas pude imaginarme empezar a quedarme cartonety a los 25. Un chico normal, con sus 5 o 6 amigos (de los de verdad), su novia, su trabajo, su cuenta secreta en Suiza... ese era yo. Sin preocupaciones serias. Primero vino la indignación (venga ya ¿Me estas vacilando? una sensación que muchos foreros conocerán, supongo), luego el abatimiento, y al final la oscuridad y la locura pasajera. Me pasé 3 días en ese plan. Entonces me dije "ésto lo soluciono yo, por mis huevos".
El dermatólogo no tardó ni 3 minutos en dibujarme el panorama: androgenética. Sus palabras aproximadas fueron "mira, en tu caso las cosas no van a mejorar, por muchas pastillas que tomes, por muchas soluciones con las que embadurnes tu cuero cabelludo, lo máximo a lo que puedes aspirar es a que la situación no empeore demasiado a corto plazo. Pero a la larga tienes las de perder muchacho". Me resistí a aceptar la realidad, así que le pregunté qué medicamentos eran los recomendables, a lo que me respondió lo que todos sabéis: Minoxidil y Propecia. "¿Hasta cuándo lo tomo?". Su respuesta fue contundente y cargada de sinceridad y sabiduría: "Hasta que ya no te importe".
En aquel momento yo no sabía hasta qué punto iba a llegar a importarme. Supongo que cuando algo que das por sentado empieza a torcerse (tener pelo, en este caso), de alguna manera puedes llegar a tener la sensación de que tu cómoda normalidad se derrumba generando una especie de efecto dominó que en muchos casos (me incluyo) desemboca en las más sombría desesperación. El único consuelo en mi caso es que, al ser mi madre farmaceútica, los medicamentos me salieron por la cara (lo mismo que el dentrífico y los preservativos, of course). Los siguientes 14 meses se tornaron en lo que muchos ya han acreditado con sinceridad y valentía en otros post: un calvario, una agonía incesante causada por la paranoia y por la certeza, infundada creo yo, de que cualquier paso en falso que dejara al descubierto mi secreto inconfesable generaría en propios y extraños la burla y el escarnio colectivo. Me señalarían con el dedo hasta los niños, incluso los ancianos desdentados me tratarían como a un apestado. Es una locura, lo sé, pero yo estaba seguro de ello. Me convertí en alguien furtivo. Dejé de ir a la piscina y de hacer deporte con mis amigos por miedo. Puto terror indescriptible y obsesivo. A la lluvia y al agua, al sudor, al viento e incluso a la luz del sol. Miedo a la vida, joder.
Por la calle miraba a señores de 50 años con envidia por el simple hecho de tener más pelo que yo. Me sentía muy muy inferior. Me dejé el pelo más largo de lo habitual en un intento de ocultar el pastel. En el curro iba cada 45 minutos al baño para mirarme al espejo, para comprobar que todo estaba en su sitio. Siempre llevaba un peine en el bolsillo por si hubiera que corregir el peinado. Ahora sé que me comporté como un lunático. Se acabó lo de ducharse con mi novia, y lo de que me acariciara el pelo. Ella me decía que ni se me notaba pero ya la desconfianza pilotaba mi nave. Llegué a desconfiar de la persona a quien más quiero ¿Podéis creerlo? Por supuesto mi comportamiento errático y desconcertante le llevó a distanciarse de mí, así que lo dejamos. Por mi culpa. Al menos me quedaban mis amigos, porque nunca dejé de salir con ellos. Nos conocemos desde los 5 años de modo que no me podía permitir el error de perderlos, no a ellos. Nunca dejéis que eso os pase. Además, salir de noche a emborracharme era una actividad menos temible que exponerse a la luz del sol.
Ya la cosa parecía no poder empeorar cuando hace 4 meses percibí que unas costras repugnantes y muy dolorosas habían surgido en mi cuero cabelludo. No podía parar de rascarme y arrancarme trozos de piel muerta, pero aquello no aliviaba el dolor. El dermatólogo me hizo notar que aquellas horribles rugosidades que también, en menor medida, afloraban en ambos brazos eran síntomas inequívocos de psoriasis capilar aguda y leve en el caso de los brazos. La solución: airear el cuero cabelludo, que le diera el sol, que respirara. Es decir, pelo cortito. Y en ese momento lo vi claro. "Hasta que deje de importarte", el eco de esas palabras me enseñó el camino. Debía raparme para matar dos pájaros de un tiro. Curiosamente, una enfermedad me tendía la mano para arrancarme de las tinieblas en las que me había sumido otra. Debo reconocer que ya antes había fantaseado con raparme como única salida saludable (mentalmente) para mi situación, pero me faltaban pelotas. Ahora, en cambio, tenía un pretexto de salud física para apoyar tal decisión. Además ya estaba cansado y asqueado de andar siempre preocupado, como un animal enloquecido y huraño. Estaba cansado de estar triste, supongo.
En cuanto los champús atenuaron el volumen de las costras ejecuté el plan. No quiero engañar a nadie: sé que sin pelo no estoy tan guapo (o estoy más feo) que con él, pero debo admitir que, de alguna forma, me he librado de una carga muy pesada. Vuelvo a ser yo; con otro aspecto, es cierto, pero al menos ahora reconozco al cabronazo que me saluda todos los días desde el espejo. Es alguien con quien me puedo identificar. Mi consejo si decidís raparos es el siguiente; tomáoslo con calma y reservaros 3 días para asimilarlo. Yo me rapé la mitad de la cabeza el viernes por la noche y durante todo el sábado me mantuve con ese aspecto absurdo sin salir de casa a fin de acostumbarme a una imagen física tan deplorable de mí mismo que el hecho de eliminar el resto del pelaje resultase menos traumático, incluso una mejora respecto al día anterior. Son trucos muy torpes, lo sé, pero más o menos conseguí no venirme abajo cuando el domingo me vi con pinta de skinhead.
Hace casi 4 meses de eso y aunque parezca una película todo ha vuelto a su cauce. Cada 5 días me paso la maquinilla al cero sin importarme la posible reacción de la gente ante el drástico cambio de "look" que he llevado a cabo. Es una actitud personal que me sorprende sobre todo cuando hasta hace poco me estaba convirtiendo en alguien abatido por, precisamente, mi aspecto físico. He aprendido y he madurado. Y vuelvo a ser yo; seguro de mi mismo, bromista y entrañable. He vuelto a sonreír. La vida al final te responde en función de cómo la afrontes; y aunque parezca una película de hollywood, en efecto, ella, mi amor, también ha vuelto. Porque siempre me quiso, y si se marchó fue por que yo me había ido, porque el hombre al que ella conoció ya no estaba con ella, sino más bien recorriendo los inhóspitos senderos de mi mente, de mis miedos. Incapaz de comprender que no hay nada que temer. En verdad ella nunca se fue (como tampoco se fueron mis amigos), porque siempre estuvo allí, apoyando, esperando impaciente mi regreso y acelerándolo mediante ánimos (de amiga por entonces, temporalmente). Lo único que quería era poder volver a acariciarme la cabeza, con o sin pelo. Pero tal vez lo más maravilloso de todo es sentir con alegría como las gotas de lluvia, esa antigua enemiga irreconciliable, se deslizan por mi cráneo mientras sonrío. No sonrío porque sea tan guapo como antes, que no lo soy, si no porque he descubierto que no importa. Y eso me da mucha mayor libertad para poder seguir con mi vida donde la dejé, y continuar avanzando en vez de quedarme agazapado esperando un milagro que no llega. No más medicamentos, excepto los de la psoriaris, obviamente.
Al principio he dicho que este rollo constituía una especie de "que te jodan" personal a la vida, pero he mentido. En realidad es un "que te jodan" a mí mismo, a la persona que era y que fui. Y es que si durante 14 meses lo pasé tan mal fue por la persona que en verdad era yo antes de que comenzara a perder pelo. Me ha quedado claro que, aun sin ser del todo consciente de ello en aquel momento, era alguien ligeramente superficial y vanidoso. No parecía serlo, pero cuando las cosas se torcieron, quedó patente que así era, aunque fuera sólo en cierto grado. Y aquello que sin saberlo albergaba en mi interior me destruyó temporalmente. Aunque tuviera miedo de la gente, de lo que dirían de mí, en realidad fui yo mismo quien hizo el daño, no mi novia, ni mis amigos, ni mis compañeros de trabajo, ni los transeúntes anónimos. Fui yo y sólo yo. Ahora tengo muy claro que soy mejor que entonces, mucho mejor. Más fuerte no sólo en apariencia (ya que mi debilidad psicológica fue patente entonces), más auténtico y embriagador. En realidad podría volver a dejarme crecer el pelo; y como mi alopecia no es galopante (a ver, si en los laterales y en la nunca tengo un nivel de 100% de densidad, en la parte frontal y central tengo un 70% por hacernos una idea) tal vez conseguiría ocultarla mediante trucos un par de años más, pero esa no es la persona que quiero ser. Ese tipo y sus ocultos valores de mierda no tienen nada que ver conmigo y espero no volver a verlo nunca. Además, me he dado cuenta de que la forma de mi cabeza es como la del gran Andre Agassi (uno de mis ídolos de infancia), así que ya sólo me queda coger la raqueta y ganar 8 Grand Slam jeje.
Con este coñazo que acabo de soltar no quiero generalizar porque cada persona es un caso y respeto las decisiones que cada uno tome para intentar sentirse mejor. Es un trance muy jodido y cada cual lo atraviesa como buenamente puede. Tenéis mi apoyo incondicional, por supuesto, tod@s vosotros. Sin embargo no puedo evitar sentir que algo no funciona cuando alguien de 45 años se va a una clínica a que le realicen injertos. De verdad lo respeto, pero no lo entiendo.
Si alguien ha sido capaz de leer todo este tocho, tiene mi agradecimiento. Si le he podido animar aunque sea lo más mínimo, entonces me alegro un huevo. Simplemente lo pasé realmente mal durante mucho tiempo y necesitaba compartirlo y escribirlo. Sea como fuere, si alguna vez os encontráis a un tipo paliducho, de 1'85, rapado, sonriendo mientras se cala en mitad de una tormenta no os cortéis lo más mínimo y acercaos a saludarme. Últimamente estoy de muy buen humor, seguro que os invito a una cerveza. Animo a tod@s.
Tengo 27 tacos. Hace algo más de año y medio me sorprendió (no se me ocurre una expresión más acertada) la alopecia. No en plan heavy, pero, sí, me sorprendió. Un buen día salí de la ducha, después de lavar debidamente mi escultural cuerpo (Nota del editor: evidente exageración del autor, jeje), y al posar mis ojos en el espejo me quedé pillado. ¿Quéeeeeee coño es éso? Me quedé sumido en un estado de shock, lo reconozco. ¿Cómo era posible que no me hubiera dado cuenta de un proceso así? Y eso que siempre he llevado el pelo cortito. Sin duda mi vida hasta el momento había sido tan "normal" que ni tan siquiera en mis pesadillas más etílicas pude imaginarme empezar a quedarme cartonety a los 25. Un chico normal, con sus 5 o 6 amigos (de los de verdad), su novia, su trabajo, su cuenta secreta en Suiza... ese era yo. Sin preocupaciones serias. Primero vino la indignación (venga ya ¿Me estas vacilando? una sensación que muchos foreros conocerán, supongo), luego el abatimiento, y al final la oscuridad y la locura pasajera. Me pasé 3 días en ese plan. Entonces me dije "ésto lo soluciono yo, por mis huevos".
El dermatólogo no tardó ni 3 minutos en dibujarme el panorama: androgenética. Sus palabras aproximadas fueron "mira, en tu caso las cosas no van a mejorar, por muchas pastillas que tomes, por muchas soluciones con las que embadurnes tu cuero cabelludo, lo máximo a lo que puedes aspirar es a que la situación no empeore demasiado a corto plazo. Pero a la larga tienes las de perder muchacho". Me resistí a aceptar la realidad, así que le pregunté qué medicamentos eran los recomendables, a lo que me respondió lo que todos sabéis: Minoxidil y Propecia. "¿Hasta cuándo lo tomo?". Su respuesta fue contundente y cargada de sinceridad y sabiduría: "Hasta que ya no te importe".
En aquel momento yo no sabía hasta qué punto iba a llegar a importarme. Supongo que cuando algo que das por sentado empieza a torcerse (tener pelo, en este caso), de alguna manera puedes llegar a tener la sensación de que tu cómoda normalidad se derrumba generando una especie de efecto dominó que en muchos casos (me incluyo) desemboca en las más sombría desesperación. El único consuelo en mi caso es que, al ser mi madre farmaceútica, los medicamentos me salieron por la cara (lo mismo que el dentrífico y los preservativos, of course). Los siguientes 14 meses se tornaron en lo que muchos ya han acreditado con sinceridad y valentía en otros post: un calvario, una agonía incesante causada por la paranoia y por la certeza, infundada creo yo, de que cualquier paso en falso que dejara al descubierto mi secreto inconfesable generaría en propios y extraños la burla y el escarnio colectivo. Me señalarían con el dedo hasta los niños, incluso los ancianos desdentados me tratarían como a un apestado. Es una locura, lo sé, pero yo estaba seguro de ello. Me convertí en alguien furtivo. Dejé de ir a la piscina y de hacer deporte con mis amigos por miedo. Puto terror indescriptible y obsesivo. A la lluvia y al agua, al sudor, al viento e incluso a la luz del sol. Miedo a la vida, joder.
Por la calle miraba a señores de 50 años con envidia por el simple hecho de tener más pelo que yo. Me sentía muy muy inferior. Me dejé el pelo más largo de lo habitual en un intento de ocultar el pastel. En el curro iba cada 45 minutos al baño para mirarme al espejo, para comprobar que todo estaba en su sitio. Siempre llevaba un peine en el bolsillo por si hubiera que corregir el peinado. Ahora sé que me comporté como un lunático. Se acabó lo de ducharse con mi novia, y lo de que me acariciara el pelo. Ella me decía que ni se me notaba pero ya la desconfianza pilotaba mi nave. Llegué a desconfiar de la persona a quien más quiero ¿Podéis creerlo? Por supuesto mi comportamiento errático y desconcertante le llevó a distanciarse de mí, así que lo dejamos. Por mi culpa. Al menos me quedaban mis amigos, porque nunca dejé de salir con ellos. Nos conocemos desde los 5 años de modo que no me podía permitir el error de perderlos, no a ellos. Nunca dejéis que eso os pase. Además, salir de noche a emborracharme era una actividad menos temible que exponerse a la luz del sol.
Ya la cosa parecía no poder empeorar cuando hace 4 meses percibí que unas costras repugnantes y muy dolorosas habían surgido en mi cuero cabelludo. No podía parar de rascarme y arrancarme trozos de piel muerta, pero aquello no aliviaba el dolor. El dermatólogo me hizo notar que aquellas horribles rugosidades que también, en menor medida, afloraban en ambos brazos eran síntomas inequívocos de psoriasis capilar aguda y leve en el caso de los brazos. La solución: airear el cuero cabelludo, que le diera el sol, que respirara. Es decir, pelo cortito. Y en ese momento lo vi claro. "Hasta que deje de importarte", el eco de esas palabras me enseñó el camino. Debía raparme para matar dos pájaros de un tiro. Curiosamente, una enfermedad me tendía la mano para arrancarme de las tinieblas en las que me había sumido otra. Debo reconocer que ya antes había fantaseado con raparme como única salida saludable (mentalmente) para mi situación, pero me faltaban pelotas. Ahora, en cambio, tenía un pretexto de salud física para apoyar tal decisión. Además ya estaba cansado y asqueado de andar siempre preocupado, como un animal enloquecido y huraño. Estaba cansado de estar triste, supongo.
En cuanto los champús atenuaron el volumen de las costras ejecuté el plan. No quiero engañar a nadie: sé que sin pelo no estoy tan guapo (o estoy más feo) que con él, pero debo admitir que, de alguna forma, me he librado de una carga muy pesada. Vuelvo a ser yo; con otro aspecto, es cierto, pero al menos ahora reconozco al cabronazo que me saluda todos los días desde el espejo. Es alguien con quien me puedo identificar. Mi consejo si decidís raparos es el siguiente; tomáoslo con calma y reservaros 3 días para asimilarlo. Yo me rapé la mitad de la cabeza el viernes por la noche y durante todo el sábado me mantuve con ese aspecto absurdo sin salir de casa a fin de acostumbarme a una imagen física tan deplorable de mí mismo que el hecho de eliminar el resto del pelaje resultase menos traumático, incluso una mejora respecto al día anterior. Son trucos muy torpes, lo sé, pero más o menos conseguí no venirme abajo cuando el domingo me vi con pinta de skinhead.
Hace casi 4 meses de eso y aunque parezca una película todo ha vuelto a su cauce. Cada 5 días me paso la maquinilla al cero sin importarme la posible reacción de la gente ante el drástico cambio de "look" que he llevado a cabo. Es una actitud personal que me sorprende sobre todo cuando hasta hace poco me estaba convirtiendo en alguien abatido por, precisamente, mi aspecto físico. He aprendido y he madurado. Y vuelvo a ser yo; seguro de mi mismo, bromista y entrañable. He vuelto a sonreír. La vida al final te responde en función de cómo la afrontes; y aunque parezca una película de hollywood, en efecto, ella, mi amor, también ha vuelto. Porque siempre me quiso, y si se marchó fue por que yo me había ido, porque el hombre al que ella conoció ya no estaba con ella, sino más bien recorriendo los inhóspitos senderos de mi mente, de mis miedos. Incapaz de comprender que no hay nada que temer. En verdad ella nunca se fue (como tampoco se fueron mis amigos), porque siempre estuvo allí, apoyando, esperando impaciente mi regreso y acelerándolo mediante ánimos (de amiga por entonces, temporalmente). Lo único que quería era poder volver a acariciarme la cabeza, con o sin pelo. Pero tal vez lo más maravilloso de todo es sentir con alegría como las gotas de lluvia, esa antigua enemiga irreconciliable, se deslizan por mi cráneo mientras sonrío. No sonrío porque sea tan guapo como antes, que no lo soy, si no porque he descubierto que no importa. Y eso me da mucha mayor libertad para poder seguir con mi vida donde la dejé, y continuar avanzando en vez de quedarme agazapado esperando un milagro que no llega. No más medicamentos, excepto los de la psoriaris, obviamente.
Al principio he dicho que este rollo constituía una especie de "que te jodan" personal a la vida, pero he mentido. En realidad es un "que te jodan" a mí mismo, a la persona que era y que fui. Y es que si durante 14 meses lo pasé tan mal fue por la persona que en verdad era yo antes de que comenzara a perder pelo. Me ha quedado claro que, aun sin ser del todo consciente de ello en aquel momento, era alguien ligeramente superficial y vanidoso. No parecía serlo, pero cuando las cosas se torcieron, quedó patente que así era, aunque fuera sólo en cierto grado. Y aquello que sin saberlo albergaba en mi interior me destruyó temporalmente. Aunque tuviera miedo de la gente, de lo que dirían de mí, en realidad fui yo mismo quien hizo el daño, no mi novia, ni mis amigos, ni mis compañeros de trabajo, ni los transeúntes anónimos. Fui yo y sólo yo. Ahora tengo muy claro que soy mejor que entonces, mucho mejor. Más fuerte no sólo en apariencia (ya que mi debilidad psicológica fue patente entonces), más auténtico y embriagador. En realidad podría volver a dejarme crecer el pelo; y como mi alopecia no es galopante (a ver, si en los laterales y en la nunca tengo un nivel de 100% de densidad, en la parte frontal y central tengo un 70% por hacernos una idea) tal vez conseguiría ocultarla mediante trucos un par de años más, pero esa no es la persona que quiero ser. Ese tipo y sus ocultos valores de mierda no tienen nada que ver conmigo y espero no volver a verlo nunca. Además, me he dado cuenta de que la forma de mi cabeza es como la del gran Andre Agassi (uno de mis ídolos de infancia), así que ya sólo me queda coger la raqueta y ganar 8 Grand Slam jeje.
Con este coñazo que acabo de soltar no quiero generalizar porque cada persona es un caso y respeto las decisiones que cada uno tome para intentar sentirse mejor. Es un trance muy jodido y cada cual lo atraviesa como buenamente puede. Tenéis mi apoyo incondicional, por supuesto, tod@s vosotros. Sin embargo no puedo evitar sentir que algo no funciona cuando alguien de 45 años se va a una clínica a que le realicen injertos. De verdad lo respeto, pero no lo entiendo.
Si alguien ha sido capaz de leer todo este tocho, tiene mi agradecimiento. Si le he podido animar aunque sea lo más mínimo, entonces me alegro un huevo. Simplemente lo pasé realmente mal durante mucho tiempo y necesitaba compartirlo y escribirlo. Sea como fuere, si alguna vez os encontráis a un tipo paliducho, de 1'85, rapado, sonriendo mientras se cala en mitad de una tormenta no os cortéis lo más mínimo y acercaos a saludarme. Últimamente estoy de muy buen humor, seguro que os invito a una cerveza. Animo a tod@s.
